Guillermo Almeyra La jornada 21 de marzo de 2010
A diferencia de lo que sucede en América Latina, donde la crisis ha empujado hacia la coordinación y la integración a los gobiernos de los países más importantes de la región (como lo demuestran en diferente grado el Mercosur, la Unasur, la Alba, el Urupabol, la reciente Conferencia de Cancún), la misma crisis tiene en Europa efectos disgregadores. En efecto, los países más fuertes (Alemania, Francia) descargan sobre los demás el peso de la crisis para tratar de mantener una estabilidad política y social que de todas maneras está comprometida. En cambio, los países “medios”, como España o Italia, y los pequeños, sufren la crisis revelando todos los problemas jamás resueltos en los años anteriores. Y los pequeños, como Grecia o Portugal, o los satélites relativamente externos (Letonia, Lituania, Estonia, Islandia, por ejemplo) se hunden bajo el peso de la desocupación, del crecimiento de la emigración, del endeudamiento impagable (pero reclamado brutalmente por los financieros alemanes, holandeses, ingleses, principales beneficiarios hasta ahora de los préstamos a gobiernos y particulares).